El fútbol sala femenino se encuentra en un momento crucial con la celebración de su primer Mundial organizado por la FIFA en Filipinas, que se lleva a cabo del 21 de noviembre al 7 de diciembre. Este evento no solo representa una oportunidad histórica para las jugadoras, sino que también simboliza el cierre de una brecha de género que ha afectado el desarrollo de este deporte durante décadas. Mientras que el fútbol masculino ha disfrutado de una estructura sólida desde hace años, el fútbol sala femenino ha luchado por obtener el mismo reconocimiento y apoyo.
La selección española, tricampeona de Europa, llega a este Mundial como una de las grandes favoritas, en un contexto donde el fútbol femenino en general está experimentando un auge sin precedentes. Este torneo se presenta como una plataforma ideal para visibilizar el talento y la dedicación de las mujeres en el deporte, y se espera que sirva como un punto de inflexión que impulse el crecimiento del fútbol sala femenino a nivel global.
### Un Camino Lleno de Desafíos
La historia del fútbol sala femenino está marcada por la lucha y la perseverancia. A pesar de que la UEFA organizó la primera Eurocopa masculina en 1996, el equivalente femenino no llegó hasta 2019, lo que evidencia una desigualdad estructural en el ámbito deportivo. Durante años, las competiciones de fútbol sala femenino han sido informales, con ligas nacionales que operaban sin apoyo económico y jugadoras que a menudo enfrentaban contratos precarios o inexistentes. La profesionalización del deporte ha sido un proceso tardío y fragmentado, sostenido principalmente por clubes que han mantenido el fútbol sala por convicción más que por inversión.
A pesar de estas dificultades, España ha logrado posicionarse como una referencia mundial en el fútbol sala femenino. La liga nacional, establecida en 1994, ha sido fundamental para el crecimiento del deporte. Clubes como Burela, Futsi Navalcarnero y Móstoles han profesionalizado sus estructuras, creado academias y contribuido a generar referentes en un contexto donde la visibilidad era mínima. Este esfuerzo ha dado sus frutos, ya que la selección española ha ganado las tres Eurocopas disputadas hasta la fecha, consolidando su dominio en el continente.
El Mundial de Filipinas reúne a dieciséis selecciones, divididas en cuatro grupos. España comparte su grupo con Tailandia, Colombia y Canadá, mientras que Brasil, que dominó los torneos no oficiales entre 2010 y 2015, se perfila como la gran rival por el título. Sin embargo, más allá de la competencia deportiva, el verdadero valor de este torneo radica en el reconocimiento institucional que aporta al fútbol sala femenino. Por primera vez, la FIFA integra este deporte en su calendario internacional, lo que abre la puerta a patrocinios, audiencias globales y nuevas fuentes de financiación.
### La Brecha con el Fútbol 11
El Mundial de fútbol sala femenino llega en un momento en el que el fútbol 11 femenino está experimentando un crecimiento sin precedentes. Según datos de la Real Federación Española de Fútbol, el número de jugadoras federadas ha pasado de 29,904 en la temporada 2014/15 a 101,729 en 2023/24. Este aumento de más de 70,000 fichas en una década es el resultado de un proceso sostenido que incluye la profesionalización, la visibilidad mediática, la creación de la Liga F y el impulso económico, además de los éxitos deportivos de la selección.
Sin embargo, el crecimiento del fútbol sala femenino ha sido mucho más lento y irregular. Aunque el número total de licencias ha aumentado en los últimos años, de 9,343 en la temporada 2011/12 a 20,114 en 2023/24, este impulso no se compara con el del fútbol 11. Entre 2017/18 y 2021/22, el total de licencias se mantuvo prácticamente estancado, lo que refleja la fragilidad del crecimiento del fútbol sala femenino. A pesar de que en las últimas temporadas se ha observado un repunte, la realidad es que el ritmo de crecimiento sigue siendo inferior al del fútbol 11.
La situación se complica aún más al observar el comportamiento por categorías. En las franjas de mayor presencia histórica, como Aficionado, Juvenil o Infantil, el crecimiento ha sido moderado. Las licencias aficionadas, por ejemplo, han pasado de 4,930 en 2020/21 a 6,355 en 2023/24, mientras que las juveniles apenas han aumentado de 1,539 a 1,803 en el mismo periodo. En la categoría infantil, el salto es más significativo, pero aún así, el nivel sigue lejos de los máximos alcanzados antes de la pandemia.
El Mundial en Filipinas se presenta como una oportunidad para cambiar esta dinámica. Si el fútbol 11 ha explotado gracias a un ciclo de éxitos internacionales y una clara apuesta económica, el fútbol sala femenino podría iniciar un camino similar si aprovecha la visibilidad de este escenario global. Un torneo seguido por millones de espectadores puede atraer patrocinadores y generar nuevos programas de desarrollo en la base.
La oficialización del evento también obliga a las instituciones a revisar sus criterios de apoyo. La Ley del Deporte subraya la igualdad de oportunidades dentro del deporte femenino, pero en la práctica, la diferencia entre ambas disciplinas es pronunciada. Para la selección española, el objetivo es doble: conquistar el único gran título que les falta y utilizar su presencia en los focos internacionales como un altavoz para reivindicar inversión y mejoras laborales.
El Mundial de Filipinas no es solo un evento deportivo; es una declaración de intenciones. Si España logra levantar el trofeo, no será solo una victoria en el campo, sino un mensaje claro al ecosistema deportivo: el fútbol sala femenino tiene una base sólida, un nivel competitivo de élite y una trayectoria que merece el mismo reconocimiento que otros deportes. La próxima gran oportunidad para el fútbol sala femenino comienza en Filipinas, y esta vez, el mundo estará mirando.
